Las buenas intenciones de los padres también pueden intimidar a los niños
Los padres de niños obesos pueden llegar a ser ofensivos en su intento por estimularlos a que bajen de peso
Jueves, 13 de mayo de 2010 a las 11:21

Las críticas de la familia para que sus hijos bajen de peso pueden causar daños psicológicos (Getty Images).
- El 65% de los niños obesos son más tiranizados por sus padres que por sus hermanos de peso normal
- Michelle Obama busca reducir los porcentajes de obesidad infantil del 20 al 5% para el año 2030
- La niña Claudia Garza pesaba 63 kilos a los 10 años de edad
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El intentar asustar a los niños para que pierdan peso puede hacer más mal que bien | |
| Mandy Perryman, de Lynchburg College, Virginia. | ![]() |
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CNN — Bolita. Twinkie. Gordo. Gordita. Los apodos no tienen fin.
"Come solo la mitad". "Deja de comer tanto".
A Claudia Garza, estos comentarios no se los hacían en el parque o en la escuela – se los decía su familia.
Según un estudio publicado en la revista Pediatrics en su edición de este mayo, el 65% de los niños obesos son más tiranizados por sus padres, que sus hermanos de peso normal. La intimidación no se limita a las escuelas, puede también ocurrir en casa.
Dado que uno de cada tres niños y adolescentes estadounidenses tiene sobrepeso o padecen obesidad, la salud pública realiza grandes esfuerzos para bajar las estadísticas de la obesidad infantil.
La Primera Dama Michelle Obama liderea los esfuerzos para reducir los porcentajes de obesidad infantil del 20 al 5% para 2030. Este martes, la señora Obama dijo que el gobierno no puede dar las soluciones por sí mismo, sino que tiene que ser apoyado por la comunidad, las escuelas y las familias.
Aunque las familias tienen buenas intenciones para ayudar a sus hijos, algunas pueden terminar causando daños psicológicos por la forma en que quieren apoyarles a bajar de peso, dicen expertos.
“Si son criticados por su familia, si le dan demasiada importancia a la dieta, si los desaniman, los chicos lo toman de forma muy personal”, dijo Mandy Perryman, coordinador del programa del consejo de educación del Lynchburg College en Lynchburg, Virginia.
Un estudio publicado en 2006 por la revista Obesity, apuntó que el 72% de cerca de 2,500 mujeres con sobrepeso o con obesidad reportaron que habían sido estigmatizadas por sus familias debido a su peso.
Garza comenzó a subir de peso a los 6 años. Ella estaba estresada, aprendiendo a hablar ingles y ajustándose a una nueva comunidad, después de haberse trasladado a Arcadia, California desde Texas. Encontró consuelo en los dulces – paletas, galletas y helados.
“Mi mamá compraba comida chatarra, yo me la comía toda de una sola sentada”, recordó Garza. “No duraba ni una semana. Me la comía el mismo día que la compraba. Comía todo el tiempo”.
Cuando tenía 10 años, ya pesaba unos 63 kilos y difícilmente cabía en un escritorio normal, su abdomen se lo impedía.
En su infancia, su hermano mayor siempre la insultaba cuando discutían: “Eres gorda. Siempre vas a ser gorda”.
Todos en la familia – abuelos, tíos, primos, le decían “Gordita”. En las familias hispanas es muy común que se llamen por apodos, dijo Garza.
“Se supone que era de forma cariñosa”, comentó. “Pero a esa edad, no lo parecía”.
Sus papas le recordaban constantemente que estaba engordando. Durante la cena, su papá le hacía caras desde el otro lado de la mesa, señalando que debía comer solo la mitad de lo que le habían servido. Eso sucedía en cada comida.
“Me decía que me estaba ayudando con lo que me decía”, dijo Garza.
El hostigamiento se presenta de muchas formas, dice Rebecca Puhl, directora de Investigación & Peso Stigma Initiatives, del Centro Rudd para la Política de Alimentos y Obesidad de la Universidad de Yale.
“Asociamos la intimidación con formas abiertas de agresión y burla. Esto puede ocurrir de formas sutiles, pero puede ser igual de perjudicial”, comentó.
La humillación en la mesa de la cena tenía consecuencias inmediatas. Seguía con hambre después de la cena, Garza comía caramelos y dulces en su recámara. La comida chatarra no era difícil de encontrar.
“Probablemente una de las ironías más grandes era que aunque mis papás me decían ‘No comas esto o aquello’, dejaban comida chatarra en la casa”, mencionó.
Deprimida por los regaños constantes sobre su peso, muchos niños encuentran la salida “comiendo más y más”, dice Puhl, la investigadora científica. “Lo que tenemos que reconocer los padres y el personal sanitario, es que la estigma es una forma muy sería de estrés. Para los niños que tienen sobrepeso, es un estresante crónico”.
Si los papás quieren que sus hijos pierdan peso, necesitan ser ejemplo de lo que quieren ver en sus hijos, dicen varios expertos en obesidad.
“Los papás son responsables de la salud emocional de sus hijos”, dice Perryman, quien investiga las dinámicas familiares relacionadas con la obesidad infantil. “Los chicos no tienen responsabilidad en la elección de su comida, de su comportamiento sedentario. No se pueden inscribir por si mismos en un equipo de futbol”.
La mejor forma de ayudar a los chicos con sobrepeso es con la intervención de la familia – comiendo alimentos más sanos, realizando paseos para promover la actividad.
La clave no es en recordarle obsesivamente al niño que el número que aparece en la báscula, dicen los investigadores.
Constantemente castigada para que perdiera peso, Garza dijo que esto destruyó su auto-estima. Se describió como una “solitaria” en la escuela, los otros niños la señalaban y se reían tontamente a sus espaldas. Pero ser intimidada en casa era mucho peor, dijo Garza a sus 29 años.
Su familia insistía en que lo hacían por su bien, pero Garza cree que fue algo destructivo en su crecimiento.
El creer que hacerles burla a los niños para que bajen de peso, es una idea muy común, pero equivocada.
“Vemos que se convierte en lo contrario”. Probablemente eviten tener alguna actividad física, ambos, niños y adultos" dijo Puhl.
Los resultados de la estigmatización – miedo y vergüenza son motivadores a corto plazo.
“El intentar asustar a los niños para que pierdan peso puede hacer más mal que bien”, advirtió Perryman. “Los niños desarrollan depresión, ansiedad, alimentación desordenada, y problemas con la imagen corporal.
Garza dijo que se volvió tan insegura sobre su peso en sus años de adolescente, que recurrió a dejarse morir de hambre y al ejercicio exagerado hasta perder casi 30 kilos. Su peso subía y bajaba mientras pasaba por rebotes por sus dietas, anorexia y drogas.
Desde hace cinco años abandonó las drogas. Garza comenzó a leer libros de superación personal y se involucró con la iglesia. Parte de esto se debió a que creció y abandonó su ira, dijo.
También se ejercita ahora regularmente como una forma de liberar el estrés, levantandp pesas por una hora y haciendo cardio por otra hora. Es ahora una instructora certificada de spin y desea convertirse en una modelo de ejercicios.
“Nunca pensé que estaría en este punto”, dijo Garza. “Ha sido un proceso muy largo. He llegado a un acuerdo independientemente de cuál sea mi peso. Se trata finalmente de cómo te sientes, no el número de una escala”.
Aunque difícilmente lo discute con su familia, Garza dice estar en paz con ellos.
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