¿Es el suicido un derecho constitucional? Jack Kevorkian asegura que sí
El Dr. Jack Kevorkian ha asistido el suicido de al menos 130 y no se arrepiente de ello. Llama a este proceso la ‘patólisis’
Jueves, 24 de junio de 2010 a las 13:43

Jack Kevorkian asistió a 130 personas para morir, y no siente arrepentimiento por ello (Getty Images).
- El Dr. Jack Kevorkian dice que ha asistido el suicidio de al menos 130 personas
- Kevorkian prefiere el término ‘patólisis’, destrucción de la enfermedad o el sufrimiento
- Dice que su caso era un asunto constitucional; la Corte Suprema debió haberlo oído
- Kevorkian le dice al Dr. Sanjay Gupta: "no estoy listo para morir "
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El peor momento de mi vida… fue cuando nací | |
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Ann Arbor, Michigan (CNN) — No ha habido muchos momentos en los que me haya quedado sin palabras haciendo una entrevista como periodista médico. Éste fue uno de esos momentos.
El hombre aclaró su garganta, después de ignorar la pregunta que le había acabado de hacer. “¿Quieres saber lo que pienso?”, dijo con fuerza.
“Sí”, respondí.
“Es eso de lo que se trata: ¿quieres saber lo que realmente siento, lo que me inquieta?” dijo, incluso más duro”.
Asentí lo más calmado posible.
“Déjame decirte algo”, dijo bajando la voz. Hizo una pausa y pareció distraído por un momento. Dio una larga y dura mirada a su abogado, que estaba justo detrás mío. Tembló un poco y se arregló su suéter azul.
“No tengo arrepentimientos, ninguno en absoluto”, dijo. Soplaba el viento, pero estaba por encima de 32 grados en la soleada Ann Arbor, Michigan, en Estados Unidos. Yo sudaba, y él estaba… bueno, estaba frío”.
Cambió su mirada, de su abogado a mí. “Sanjay, ¿quieres saber cuál fue el peor momento de mi vida?”
Esa no era la pregunta que yo le había hecho, pero de hecho sí estaba curioso de saber la respuesta.
“OK”, respondí, un poco incómodo.
Sonrió y dijo en una voz muy deliberativa: “El peor momento de mi vida… fue cuando nací”. Habíamos iniciado oficialmente la entrevista con el Dr. Jack Kevorkian.
Estábamos en Ann Arbor porque ambos estudiamos en la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan. Yo me gradué en 1993 y Kevorkian, de 82 años, en 1952. Encontramos la foto de su clase en un pasillo largo que conecta la escuela de medicina con el hospital universitario.
Mientras él veía la fotografía, se inclinó hacia mí y dijo: “No soy una persona sentimental”. Sin embargo tenía un brillo en sus ojos cuando identificó a la más joven y más apuesta versión de sí mismo.
Yo estaba a punto de preguntarle sobre los otros miembros de su clase, cuando empezó a señalar varias fotos de los alumnos. “Muerto… muerto, muerto”, repitió una y otra vez. Me estaba actualizando del estatus de sus compañeros.
“Muerto, muerto”, hizo una pausa y sonrió. “Este tipo de aquí… éste me quería en la cárcel”. Yo miré, señalé y pregunté, “¿Y este sujeto?”, “No, pero probablemente también me quería en la cárcel”, respondió Kevorkian. Después se rió y siguió caminando lentamente por el pasillo.
No sabía qué esperar cuando estaba planeando esta entrevista. Había leído todo lo que pude sobre él, incluyendo dos libros que escribió en prisión.
Vi Kervorkian, el documental que saldrá el 28 de junio en HBO y el reciente docudrama con Al Pacino, por el que, me dijo, no ha recibido “ni un centavo”.
Vive en un pequeño apartamento en Royal Oak y recientemente empezó una dieta de restricción calórica, comiendo alrededor de 500 calorías por día, dice.
Kevorkian salió a la luz pública justo por la época en que yo estaba empezando la escuela de medicina. Fascinaba a mis padres y durante algunas ocasiones en las que asistí a cocteles con ellos, la conversación entre sus amigos siempre parecía girar alrededor de él. Provocaba fuertes emociones en mucha gente que nunca conoció.
“Durante tu entrevista para la escuela de medicina, justo ahí en ese edificio, cuando te preguntaron ¿Por qué quieres ser doctor? ¿qué respondiste?”, le pregunté.
“¿Qué respondiste tú?” Respondió con algo de severidad. Durante la entrevista de dos horas y media, fluctuó ampliamente entre combativo y hostil, y dulce y paternal.
Fue como si desesperadamente quisiera que yo entendiera todas las decisiones que tomó en su vida. Para este punto, yo sabía que él sólo me estaba preguntando de forma retórica, así que pacientemente esperé a que pensara.
“Les dije todo lo que querían oír. Oh, yo quiero sanar a las personas y quiero unirme a la medicina, porque es la más noble de todas las profesiones… noble, sí como no”.
“¿Es la medicina una profesión noble”, continué. “¿Qué crees?” contraatacó. Esperé. “No, no lo es”, respondió finalmente.
Dr. Jack Kevorkian es la persona más opaca que he conocido. Pero a pesar de sus diatribas dementes –con frecuencia sobre la Novena Enmienda de la Constitución, complementada con la defensa de James Madison y el rechazo a Thomas Jefferson (“ese tipo… ¡se llevó todo el crédito!”)- Kevorkian sabe cómo enfatizar un asunto.
Por eso no es sorpresa que abogue con firmeza por el suicidio asistido, o la eutanasia, o lo que llama patólisis. Los términos le importan a Kevorkian, y éste es el término que prefiere al describir el “procedimiento médico” que realizó en al menos 130 personas, según sus propias cuentas.
“Pato significa enfermedad o sufrimiento”, me dijo.
“Y lisis significa destrucción”, dije yo.
“Exactamente”, respondió. Patólisis, repitió. La destrucción del sufrimiento.
Mientras caminábamos por el campus, Kevorkian llamó mucho la atención. Muchos se pararon para saludarlo, pedirle un autógrafo o tomar una foto. Él se tomó un tiempo con cada persona, preguntándoles por su labor en la universidad.
Fue cuando la entrevista llevaba alrededor de una hora cuando me di cuenta que Kevorkian estaba tratando de hacer un punto más amplio. Lo empezó cuando yo cité un estudio sobre las personas a las que les habían practicado la patólisis.
“Aquí dice que en al menos cinco de las personas en la autopsia no había evidencia de ninguna enfermedad”.
Dejé la pregunta en el aire por un momento. Parecía sorprendido que yo hubiera encontrado ese estudio. Movió su cabeza levemente, y miró de nuevo a su abogado, sin intención de referirse al punto que yo había tocado.
“Recientemente me llamaron tres presidentes de empresas –completamente sanos- y me dijeron que deseaban morir”, fue su respuesta.
Era mi turno de estar asombrado. “Así que… ¿qué hiciste? ¿Qué les dijiste?”, pregunté con gentileza.
“No, nada”, dijo con un aleteo desdeñoso de su mano. “No hice nada, pero las personas tienen sus derechos”.
Me di cuenta que esto era lo que él había estado construyendo en la conversación. Esto no era sólo suicidio asistido; esto era defender la habilidad de las personas de hacer lo que quieren, sin la interferencia de doctores, estados o el gobierno federal.
Que los derechos de las masas no pueden impedir los derechos de unos pocos. Alguien alguna vez me dijo que esa era la esencia de la Novena Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, y es algo que ha ayudado a formar el pensamiento y la vida del Dr. Jack Kevorkian.
Al parecer sí tiene algunos arrepentimientos, de los que me contó. Le hubiera gustado tratar mejor a sus padres, y a su hermana, dijo en voz baja. También está profundamente resentido con la Suprema Corte, que nunca quiso oir su caso, que a su juicio era un tema constitucional.
“¡Para eso es para lo que están!”. Por un momento, había finalmente penetrado en la mente de Kevorkian, y era un lugar lúcido, bien pensado y algo aterrador. Y además puede que esté en lo correcto sobre Madison: nunca recibió crédito suficiente por contribuir a la Constitución.
“En tiempos de desesperación, las personas pueden tomar decisiones que lamentan”, empecé de nuevo. “Esto no es sobre la decisión de si quiere yogurt congelado o si se quiere helado. Estas decisiones sobre patólisis son… para siempre”.
Estuvo de acuerdo en ese punto, pero rápidamente señaló que obtuvo exámenes mentales de todos sus pacientes antes de realizar el procedimiento. También revisó rigurosamente sus historiales médicos. Dice que rechazó a “muchos” pacientes que pidieron sus servicios.
Y, si sirve saberlo, nunca cobró. Un familiar alguna vez le envió varios cheques después de que Kevorkian asistió el suicidio de su esposa, pero él siempre devolvió el dinero, me dijo.
Le pregunté sobre sus reflexiones en cuanto a su propia mortalidad. “No estoy listo para morir”, respondió. “Tengo un propósito en mi vida y tres misiones”, agregó.
Quiere contarle a la humanidad sobre “la condena inminente”. Le preocupa que nuestra cultura de sobreabundancia pronto lleve a la extinción de la raza humana. “No voy a ser muy popular por decir eso”.
Su segunda misión es educar a las personas sobre la patólisis. “Simplemente no lo entienden en Oregon”, dice. “O en el estado de Washington o en Montana, los otros estados” en donde el suicidio asistido ha sido legalizado. En esos estados, una persona tiene que ser considerada terminal para que califique al suicidio asistido.
“¿Qué diferencia hace si una persona es terminal?”, dice. “Todos somos terminales”.
Su tercera misión es convencer al público estadounidense que sus derechos han sido infringidos todos los días, y que la Novena Enmienda no está siendo defendida. Todo: desde prohibir fumar en sitios públicos hasta el suicidio asistido, la eutanasia y la patólisis.
Al final de la entrevista, el Dr. Kevorkian sonreía mucho, agradeciéndome por pasar el día con él. Volvió a ser el Jack paternal y amigable.
Nos dimos la mano, se quedó por unos segundos más, me miró a los ojos y dijo “Gracias Sanjay”.
Le dije que era un honor conocerlo, y que esperaba verlo muy pronto. Mientras se iba, no pude evitar pensar que Kevorkian todavía causa fuertes emociones en las personas, pero también pensé que si su nacimiento había sido el peor momento de su vida, sólo espero que haya tenido buenos momentos desde entonces.


